lunes, 30 de marzo de 2009

5:00 a.m.

Todavía conservo ese trozo de papel que me regalaste sin permiso. Masturbaste las palabras con la yema de tus dedos, pintando cada letra en una sucia servilleta de bar de carretera sólo para mí, para que me envolviera con ellas, me encogiera con cada verso, me estallara el corazón. Por aquél entonces éramos todavía unos desconocidos, unos curiosos, amantes de la vida, de los desafíos al destino, de las miradas ajenas. Yo acostumbraba a tomar café en la barra de aquél tuburbio, rodeada de albañiles y camioneros que empezaban la mañana entre humo y soledad. Tardé en detectar tu presencia entre tanta gente, pero con el paso de los días me di cuenta de que siempre estabas allí, en ese bar, escondido tras la cortina de tus ojos, en una pequeña mesa arrinconada, removiendo las penas con azúcar mientras el mundo giraba a tu alrededor. No dejabas de observar cada movimiento, cada gesto que la realidad te dedicaba con los párpados entrecerrados, esperando a que le devolvieras la noción del tiempo. Una mañana sin sol, me desperté con ganas de romper la rutina que me ataba. Llamé al trabajo. Me despedí sin dar motivo alguno. Pero volví al bar donde solía desayunar. Algo me decía que seguirías ahí, como siempre. Esta vez no me senté en la barra. Cogí mi taza y ocupé la silla que estaba a tu lado, invadiendo tu pequeño espacio. Tus ojos seguían fijados en tu café, que daba vueltas y vueltas hasta perder el sentido. Yo no hablaba, sorbía poco a poco el desayuno, con cuidado. De vez en cuando te miraba de reojo, pero tú seguías meneando la cuchara, como si el mundo hubiese dejado de existir. Intenté captar tu atención. Siempre había querido saber cómo sería tu voz, las palabras de aquel desconocido que encontraba cada mañana. Mas no hubo respuesta. Pensé que era un estorbo para ti, así que dejé mi taza sobre la mesa y me marché, rumbo a ningún lugar. Oí cómo la puerta del bar se cerraba tras de mí, mientras la gente avanzaba cabizbaja hacia sus prisiones laborales. Entonces, noté una mano en mi espalda, y cuando me giré, no había nadie. Las personas seguían caminando, sin dar explicación alguna. Miré hacia atrás, y vi un trozo de papel que el viento quería robarme, pero fui más rápida que él. Lo abrí con delicadeza, escondida tras mis gafas de sol. Unos cuantos versos con mala letra se amontonaban en una servilleta sin dueño.

"Déjame ser
quien pinte corazones
en la palma de tu mano,
quien sorba el café
que quema tus labios,
quien rompa tu rutina
antes de que te ahogue.
Cómeme el corazón.
Háblame de ti.
Fúmate mis sueños,
y nademos desnudos
en el río de las ilusiones.
Cántame al oido,
grita que no tienes miedo.
Sé mi mejor pesadilla.
Róbame el tiempo,
y escóndelo bajo llave.
Píntame sonrisas que
enterré en mi pasado.
Haz hablar al silencio,
calla mis palabras con
un suave beso.
Ódiame mientras me susurras
que me quieres.
Miénteme como nunca
lo hizo nadie.
Hazme creer que
mis lágrimas sonríen,
que tus cuentos de porcelana
guardan tinta de carcajadas.
Ámame de broma,
quémame despierto.
Me gusta mi locura,
y quiero hacerla tuya,

para que vueles sin miedo
antes de que el sol
deshaga tus alas.
Dame la mano,
te invito a vivir.
Déjame ser
quien te susurre versos
cuando te abraces
a la luna."

Se me cortó la respiración. Tenía mi propio "Báilame el agua" entre mis manos. Al fin y al cabo, nosotros también éramos desconocidos. Tú también esperabas gestos, yo sólo palabras. Ambos andábamos un tanto perdidos por la realidad, también necesitábamos un cambio.Me enamoré sin darme tiempo a reaccionar. Quise volver al bar y enseñarte la revolución que habías despertado en mi pecho, pero no lo hice. Seguí caminando, dando vueltas por la ciudad, abrazando ese trozo de papel que todavía conservo.

sábado, 21 de marzo de 2009

Mi palabrería monótona

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Amores de cama

Me desperté, y ya no estabas entre mis sábanas. Una ráfaga de viento se te llevó, con tus caricias, nuestros recuerdos, las sonrisas y esos calzones azules que tanto me gustaban. Sentí tu ausencia la primera mañana, al no escucharte reír mientras el mundo bostezaba. Pero al caer el sol, se me olvidó qué era eso de echar de menos, y cada noche mordía un nuevo corazón, olvidando tu mirada con cada bocado. Y mi cama sonreía más que nunca, mis orgasmos lloraban de placer. No habían nudos en mis entrañas, ni manos entrelazadas, ni palabrerías absurdas. Luna nueva cada noche, sin repetir dónde ni con quién. Las historias de amor no están hechas para mis latidos.

sábado, 14 de marzo de 2009

Latidos revolucionarios

Cuentan mis entrañas que mis latidos ya no quieren estar en huelga, que tienen sed de libertad, de rebeldía, de revolución. Cada vez que tropiezan con una nueva mirada desconocida, o con una sonrisa curiosa, o con un mordisco en la yema de los dedos, o con una caricia en el corazón, quedan presos de un extraño nosequé que, sin pedir permiso, me despierta un nosecuantos que ansía por conocer(te), que nunca (te) presentaré. La revolución ha estallado en un pecho acorazado, y día a día los latidos gritan más fuerte, desgarrándose la voz, sin tener quién escuche tanta palabrería absurda.

viernes, 13 de marzo de 2009

(me)

Susúrrame versos sedientos que observan a la luna de reojo, mientras tu pasado se cae por el agujero del ascensor, y mis recuerdos se cosen en la esquinita del invierno. Acaríciame el alma cuando menos me lo espere, que las mañanas huelen a café con leche y besos azucarados, a resacas compartidas y palabras que poco hablan. Dibújame sueños que revivan primaveras, hasta que las agujas del reloj se cansen de caminar y decidan descansar, parando los segundos refugiados en mi portal. Regálame terciopelo con forma de corazón, antes de que la alborada inunde mi existencia y recuerde a mi inocencia que sigo siendo esa niña que tanto miedo tiene, que tan poco quiere.

miércoles, 11 de marzo de 2009

.

a f a s i a

lunes, 9 de marzo de 2009

Frío

Siento frío
cuando no acaricio
las líneas
de tus manos
arrugadas
por el paso
de los años
y el silencio
del otoño,
cuando no despierto
con tu lengua
en mi ombligo
cantando
a la luna
que una noche
nos iluminó,
cuando no abrazo
un pedacito
de tu espalda,
rodeada de
miradas ajenas
que tienen envidia
del color
de la esperanza.

Sin despedidas

Tuve unas ganas inevitables de asesinar, de ver sangre, de quitar vida. Y lo hice. Una de mis pequeñas huelgas de latidos http://www.fotolog.com/huelgadelatidos ha muerto, sin despedirse de nadie, y todavía desconozco mis razones. Pero aún no he empezado a echarla de menos.