martes, 17 de marzo de 2020

Con dos tazas y una sonrisa.


Suena el despertador,
pero por suerte,
hoy es domingo.
Un dulce aroma a café
inunda la casa.
Te busco a ciegas,
acariciando los orgasmos del colchón
con las yemas de mis dedos.
Has dejado tus suspiros
entre mis sábanas,
pero antes de que me abandone a la nostalgia
y empiece a echarte de menos,
regresas a la habitación,
con dos tazas, una sonrisa
y ganas de hacerme el amor.
Me escurro entre tus brazos,
entre tus piernas, entre tus labios,
bebiéndome tu sudor,
mordiéndote los latidos.
Y es que ya es tradición
acabar la semana
comiéndote a besos
mientras el café se enfría esperándonos.
Quién me iba a decir
que aquella cola de supermercado
me iba a regalar mis mejores domingos.
Ya no me acuerdo de ir a misa,
ni de comer helado a cucharadas,
ni de llorar con películas absurdas,
ni de escribir poesía barata sin destinatario.
Se te escapa un te quiero,
y apenas sonrío.
Tengo miedo, puedes olerlo.
Pero no pasa nada,
seguiremos jugando
a cafés de domingo
con arrugas en las sábanas
y mordiscos de más.
Y que se me lleve la muerte
cuando ya no quiera verte.